
Modo Mantenimiento
Por Tomás Allen
La reciente crisis ambiental en Veracruz, derivada de la tardanza en resolver la falla en el ducto de Pemex, no es un evento aislado ni una casualidad del destino. Este incidente es el síntoma más visible de una patología profunda en la gestión industrial de México y Latinoamérica: la persistente omisión del mantenimiento preventivo y predictivo en la jerarquía de prioridades corporativas.
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En nuestra región, el mantenimiento ha sido históricamente relegado al último eslabón de la cadena de procesos y, lo que es más grave, al final de los presupuestos.
Existe una cultura arraigada que percibe al mantenimiento como un gasto inevitable y no como una inversión estratégica necesaria para la continuidad del negocio. Se prioriza la producción inmediata y la expansión de infraestructura, olvidando que un activo sin cuidado es, en realidad, un pasivo ambiental y financiero en potencia.
La omisión en la falla de este ducto refleja una gestión reactiva que espera a que algo así ocurra para intervenir.
En el mundo de la ingeniería moderna, sabemos que la integridad de la infraestructura crítica debe ser el eje central de la operación. Dejar el mantenimiento para después es una apuesta de alto riesgo que suele terminar en catástrofes de gran escala, que superan por mucho el ahorro inicial.
Del mantenimiento a la seguridad en el trabajo
Un factor determinante en este escenario es la seguridad en el trabajo.
La repetición de eventos riesgosos funciona como un termómetro de la salud operativa de una organización. Ignorar estas señales es negligencia pura, ya que son factores predictores de accidentes mayores. Cuando se normaliza trabajar con equipos deteriorados o procesos deficientes, la tragedia es solo cuestión de tiempo.
Para entender este fenómeno, debemos recurrir a la teoría de la causalidad, específicamente a la famosa “Pirámide de Heinrich” o ley de la seguridad industrial.

Esta teoría postula que, por cada accidente mayor, existen cientos de incidentes menores y miles de actos inseguros que fueron ignorados previamente. Los accidentes son la culminación de una secuencia de fallos que nadie quiso detener a tiempo.
El efecto dominó en el derrame de Veracruz es evidente: una inspección omitida, una reparación postergada y una respuesta tardía se alinearon.
Esta secuencia de errores no es fruto del azar, sino de una cultura organizacional donde la prevención se considera opcional. La tecnología actual permite monitorear ductos en tiempo real, pero de nada sirve el software más avanzado si no existe la voluntad política y financiera para actuar ante sus alertas.
La infraestructura energética de un país exige una disciplina de mantenimiento rigurosa. La tardanza en localizar y sellar el origen del derrame sugiere una falta de planes de contingencia actualizados y una infraestructura que ha rebasado sus límites de vida útil sin la renovación adecuada. Es el reflejo de un sistema que prefiere “apagar fuegos” que evitar que se enciendan.
Este problema trasciende las fronteras de nuestro país. En toda Latinoamérica, vemos accidentes similares por la misma razón.
El mantenimiento es el “héroe invisible” de la economía; cuando se hace bien, nadie lo nota, pero cuando se omite, las consecuencias paralizan industrias enteras y devastan ecosistemas.
La seguridad de los trabajadores y del entorno ambiental no puede ser negociable. Cada condición subestándar reportada y no atendida es una grieta en la credibilidad de la empresa.

Tomás Allen
Tomás Allen es Sales Latam en Fracttal
